miércoles, 16 de junio de 2010
martes, 15 de junio de 2010
EL IMPERIO DE LOS JUECES Y EL VALOR DE LA DEMOCRACIA
Leyendo el prólogo a la edición alemana de 1934 de la obra del más grande positivista de todos los tiempos, pudimos entender la finalidad que tuvo aquel jurista cuando se dedicó a estructurar una teoría “pura” del derecho. Quería Kelsen rescatar al derecho de las pasiones y las pretensiones políticas de sus operadores, quería evitar que fuera instrumental a una agenda ideológica determinada.
Por eso, dice Kelsen, lo que despierta las más agitadas críticas a su esfuerzo de que el derecho responda a categorías propias no es, como podría intuir algún académico convencido, su ubicación conceptual en el campo de las ciencias morales por oposición a las ciencias naturales, sino, muy al contrario, la propuesta de radical separación entre la política y el derecho. Los juristas, cree el austriaco, además de ser aplicadores del derecho vigente, no renuncian a la posibilidad de determinar, en el campo de la política, cuál debe ser el derecho del porvenir.
Para quienes de alguna manera nos dedicamos a la práctica y al estudio del derecho la reflexión de Kelsen no sólo resulta interesante sino muy actual. El proceso por el que se determina cuál es el derecho aplicable a determinada contención jurídica no tendría por qué estar influenciada por agendas políticas personales o de partido. Cuánto más grave aquello si el protagonista de aquellas faenas es un juez de la República. Sin embargo, todos los días son útiles para constatar que aquellos que no son favorecidos por la democracia suelen atrincherarse en la función judicial y, tomando ventaja de la independencia que su dignidad les otorga, suelen tomar decisiones que claramente atentan contra el principio democrático.
La estratagema es simple: interpretar el derecho desde valores propios y desconocer la voluntad del representante democrático y, cada vez más frecuentemente, del mismísimo poder constituyente. La doctrina de los límites competenciales aplicada por la Corte Constitucional en la sentencia C-551/03 y los dos pronunciamientos sobre reelección constituyen los más graves ejemplos, pero de ninguna manera son las únicas manifestaciones de este fenómeno. Algunas teorías del derecho, muy en boga hoy, resultan útiles para ello; el resultado no puede ser sino el debilitamiento del espíritu del constitucionalismo, que no fuera otro que la defensa de la libertad frente al poder en un contexto de legitimación que no puede ser otro que la democracia.
Por supuesto que los jueces tienen que defender la Constitución, promover el debate democrático y asegurar el respeto de derechos fundamentales. Pero no debe hacer más que eso. Tiene que resolver litigios jurídicos, más no participar del debate político, mucho menos del clientelista y burocrático.
Cualquier teoría del derecho asumida desde una actitud respetuosa de la separación de poderes, esto es, que no rebase la estricta función judicial y suplante a los poderes democráticos, servirá a la libertad y a la democracia pero, sobre todo, será legitima, algo que debería resultar harto caro a los jueces, toda vez que éstos no gozan del favor democrático para su elección, ni sus procedimientos responden a la lógica de la democracia como en efecto sucede con el procedimiento legislativo.
Lo que no podemos olvidar es que la arbitrariedad puede venir en cualquier envoltura, incluso en azabache toga, y aquello no es más deseable que alguna otra dictadura. De los jueces esperamos más sentencias y menos entrevistas, más aplicación del derecho y menos política. En su gran mayoría eso es así, pero los pocos que siguen otro camino son nefastos para el principio democrático.
Por eso, dice Kelsen, lo que despierta las más agitadas críticas a su esfuerzo de que el derecho responda a categorías propias no es, como podría intuir algún académico convencido, su ubicación conceptual en el campo de las ciencias morales por oposición a las ciencias naturales, sino, muy al contrario, la propuesta de radical separación entre la política y el derecho. Los juristas, cree el austriaco, además de ser aplicadores del derecho vigente, no renuncian a la posibilidad de determinar, en el campo de la política, cuál debe ser el derecho del porvenir.
Para quienes de alguna manera nos dedicamos a la práctica y al estudio del derecho la reflexión de Kelsen no sólo resulta interesante sino muy actual. El proceso por el que se determina cuál es el derecho aplicable a determinada contención jurídica no tendría por qué estar influenciada por agendas políticas personales o de partido. Cuánto más grave aquello si el protagonista de aquellas faenas es un juez de la República. Sin embargo, todos los días son útiles para constatar que aquellos que no son favorecidos por la democracia suelen atrincherarse en la función judicial y, tomando ventaja de la independencia que su dignidad les otorga, suelen tomar decisiones que claramente atentan contra el principio democrático.
La estratagema es simple: interpretar el derecho desde valores propios y desconocer la voluntad del representante democrático y, cada vez más frecuentemente, del mismísimo poder constituyente. La doctrina de los límites competenciales aplicada por la Corte Constitucional en la sentencia C-551/03 y los dos pronunciamientos sobre reelección constituyen los más graves ejemplos, pero de ninguna manera son las únicas manifestaciones de este fenómeno. Algunas teorías del derecho, muy en boga hoy, resultan útiles para ello; el resultado no puede ser sino el debilitamiento del espíritu del constitucionalismo, que no fuera otro que la defensa de la libertad frente al poder en un contexto de legitimación que no puede ser otro que la democracia.
Por supuesto que los jueces tienen que defender la Constitución, promover el debate democrático y asegurar el respeto de derechos fundamentales. Pero no debe hacer más que eso. Tiene que resolver litigios jurídicos, más no participar del debate político, mucho menos del clientelista y burocrático.
Cualquier teoría del derecho asumida desde una actitud respetuosa de la separación de poderes, esto es, que no rebase la estricta función judicial y suplante a los poderes democráticos, servirá a la libertad y a la democracia pero, sobre todo, será legitima, algo que debería resultar harto caro a los jueces, toda vez que éstos no gozan del favor democrático para su elección, ni sus procedimientos responden a la lógica de la democracia como en efecto sucede con el procedimiento legislativo.
Lo que no podemos olvidar es que la arbitrariedad puede venir en cualquier envoltura, incluso en azabache toga, y aquello no es más deseable que alguna otra dictadura. De los jueces esperamos más sentencias y menos entrevistas, más aplicación del derecho y menos política. En su gran mayoría eso es así, pero los pocos que siguen otro camino son nefastos para el principio democrático.
domingo, 6 de junio de 2010
"Los Dueños de la Moral"
Ahora, cuando el panorama electoral se ha despejado por completo, puedo expresar algunas cosas que fueran por mi vistas desde la misma campaña para el Congreso de la República, en la que puse mi nombre a consideración de los antioqueños para la dignidad de Representante a la Cámara por mi departamento.
Me inscribí como candidato en la lista que Sergio Fajardo promoviera para la Cámara de Representantes, con el aval de la ASI, en un proceso que no tenía precedentes recientes en la historia electoral colombiana: se conformaría una lista desde el mérito y la publicidad. Hojas de vida y propuestas serían evaluadas por un comité independiente que, previa publicación de aquellos documentos en internet, escogería los candidatos para aspirar a tan importante cargo democrático.
Fuí el primero en entregar lo requerido y el único en cumplir con los tiempos exigidos en la convocatoria pública. Sin embargo, unos siete candidatos cumplieron con el espíritu del proceso, aunque ya desde aquél momento la clara vinculación de algunos de los candidatos con la administración municipal presagiaba pocas garantías para los candidatos que creímos en aquella aparente forma nueva de hacer política.
Para explicitar este punto, diré que Juan Manuel Valdés, además de haber trabajado en cargos de dirección y confianza en la Secretaría de Educación del municipio de Medellín, ocupó cargo directivo en la campaña presidencial de Sergio Fajardo antes de convertirse en candidato. Giovani Celis fue Secretario de la Administración de Alonso Salazar y León Dario Posada, después de haber sido parte del Comité Independiente de Elección de Candidatos para este proceso electoral, terminó él mismo siendo candidato en aquella lista, sin que nadie se pronunciara sobre tan evidente conflicto de intereses y el daño que esto podría hacerle a la naturaleza pública de la selección de los candidatos.
Sin embargo empezamos a difundir nuestro mensaje. Si bien algunas posiciones en temas sensibles por parte de Sergio Fajardo no se compadecían con mi manera de asumir la política, creí que no era este un movimiento de oposición. Fajardo fundó su éxito sobre la base de las posibilidades que la política de Seguridad Democrática le ofreció a la ciudad de Medellín y muchos uribistas, como yo, no lo teníamos por persona que detestara la obra del más grande presidente de la historia de Colombia. Por eso participé en aquél espacio y siempre defendí los principios que devolvieron el camino de la institucionalidad al país en los últimos años.
Aquello, sin embargo, nunca fue así. En efecto fue todo lo contrario. Pocos amigos hicimos en el difunto Compromiso Ciudadano al defender la seguridad, la familia, el sector privado como motor de la economía y le firmeza frente al terrorismo de grupos que defienden las ideas comunistas de siempre bajo el ropaje del socialismo chavista de hoy.
Muchos en aquél movimiento defienden la teoría de las causas objetivas del conflicto, que pone en el mismo plano moral y jurídico a las legitimas fuerzas de seguridad del Estado, con las infames armas de los grupos narcoterroristas de base marxista. Nos enfrentamos publicamente con aquellos candidatos. Respecto de otros desnudamos su falta de conocimiento del departamento y nunca pudimos tener un debate serio con el candidato que, a la postre, fuera apoyado por casi toda la administración municipal y por el mismo Sergio Fajardo que, días antes de las elecciones, invitó por medios de comunicación a votar por Juan Manuel Valdés, violando su compromiso de imparcialidad e independencia frente a los candidatos. Su palabra era la única garantía que teníamos como candidatos, y faltó a ella sin ninguna explicación.
Hubo denuncias por parte de candidatos de otros partidos en cuanto a una presunta participación en política de la Alcaldía de Medellín, donde se invitó a unos cinco mil funcionarios a que votaran por quien saliera ganador a la postre. Hubo reuniones del hoy electo Representante con candidatos de otros partidos, sin que mediara justificación para ello y los sectores más radicales del Polo Democrático fueron recibidos en Compromiso Ciudadano, por medio de la candidata Teresa Muñoz, quien fuera gestora de la victoria de Gustavo Petro en la consulta interna de ese partido de izquierda. Mientras ella llegaba seguían pregonando que no eran antiuribistas y, sin embargo, este defensor del uribismo nunca estuvo tan sólo en ningún escenario.
Además, se nos acusó de toda clase de infamias en Compromiso Ciudadano. Cuando encontraron que nos dedicamos a recorrer las regiones de Antioquia y a cerrar la ventaja burocrática del candidato oficial, empezaron a circular rumores de supuesta compra de votos y repartición de electrodomésticos, sin que nunca me dejaran enfrentar a los denunciantes de confianza. Hoy sigo sin ninguna explicación al respecto.
Hace pocos días el señor Juan David Valderrama, familiar de Sergio Fajardo, beneficiario de la burocracia y hoy convencido "verde", me acusó de ser un mal perdedor, de ser un ignorante, y rebajó mi condición de abanderado de la región del Bajo Cauca (que ganamos a cualquiera otro candidato al Senado o Cámara). No sólo aquello, pero también supo acusarme de amenazar personas y de ser corrupto. No he sido notificado por la Fiscalía sobre ninguna denuncia, y estoy más que dispuesto a representarme personalmente frente a tan mediano querellante.
Así son los dueños de la moral. Saben de todo menos de coherencia. Carecen de un absoluto sentido de autocrítica y nunca han corregido una posición errada en su vida.
Por mi parte ya supe hacerlo. No supe montarme en el falso tren de la victoria de los verdes. Estoy donde siempre debí estar, en el Partido Conservador, y no gozo de ninguna dádiva clientelista. Tengo dudas sobre volver a participar como candidato en algún proceso, aunque con veintisiete años estuve a dos mil votos de ser congresista. A lo que nunca renunciaré es a la defensa de los principios del uribismo, que no hizo otra cosa que ponerle un nombre y un legado a lo que siempre admiré: la defensa de las libertades básicas de los individuos, la firmeza frente al terrorismo del que fui víctima y la confianza como premisa indispensable para el desarrollo nacional.
Ahora que todo se supo espero que "los verdes" sepan llevar su condición de opositores con dignidad y coherencia. Que sepan identificarse con el Polo Democrático como debiera ser y que aguanten el trecho largo que queda de un país profundamente uribista, porque es profundamente amante de la libertad.
Luis Felipe Viveros
Me inscribí como candidato en la lista que Sergio Fajardo promoviera para la Cámara de Representantes, con el aval de la ASI, en un proceso que no tenía precedentes recientes en la historia electoral colombiana: se conformaría una lista desde el mérito y la publicidad. Hojas de vida y propuestas serían evaluadas por un comité independiente que, previa publicación de aquellos documentos en internet, escogería los candidatos para aspirar a tan importante cargo democrático.
Fuí el primero en entregar lo requerido y el único en cumplir con los tiempos exigidos en la convocatoria pública. Sin embargo, unos siete candidatos cumplieron con el espíritu del proceso, aunque ya desde aquél momento la clara vinculación de algunos de los candidatos con la administración municipal presagiaba pocas garantías para los candidatos que creímos en aquella aparente forma nueva de hacer política.
Para explicitar este punto, diré que Juan Manuel Valdés, además de haber trabajado en cargos de dirección y confianza en la Secretaría de Educación del municipio de Medellín, ocupó cargo directivo en la campaña presidencial de Sergio Fajardo antes de convertirse en candidato. Giovani Celis fue Secretario de la Administración de Alonso Salazar y León Dario Posada, después de haber sido parte del Comité Independiente de Elección de Candidatos para este proceso electoral, terminó él mismo siendo candidato en aquella lista, sin que nadie se pronunciara sobre tan evidente conflicto de intereses y el daño que esto podría hacerle a la naturaleza pública de la selección de los candidatos.
Sin embargo empezamos a difundir nuestro mensaje. Si bien algunas posiciones en temas sensibles por parte de Sergio Fajardo no se compadecían con mi manera de asumir la política, creí que no era este un movimiento de oposición. Fajardo fundó su éxito sobre la base de las posibilidades que la política de Seguridad Democrática le ofreció a la ciudad de Medellín y muchos uribistas, como yo, no lo teníamos por persona que detestara la obra del más grande presidente de la historia de Colombia. Por eso participé en aquél espacio y siempre defendí los principios que devolvieron el camino de la institucionalidad al país en los últimos años.
Aquello, sin embargo, nunca fue así. En efecto fue todo lo contrario. Pocos amigos hicimos en el difunto Compromiso Ciudadano al defender la seguridad, la familia, el sector privado como motor de la economía y le firmeza frente al terrorismo de grupos que defienden las ideas comunistas de siempre bajo el ropaje del socialismo chavista de hoy.
Muchos en aquél movimiento defienden la teoría de las causas objetivas del conflicto, que pone en el mismo plano moral y jurídico a las legitimas fuerzas de seguridad del Estado, con las infames armas de los grupos narcoterroristas de base marxista. Nos enfrentamos publicamente con aquellos candidatos. Respecto de otros desnudamos su falta de conocimiento del departamento y nunca pudimos tener un debate serio con el candidato que, a la postre, fuera apoyado por casi toda la administración municipal y por el mismo Sergio Fajardo que, días antes de las elecciones, invitó por medios de comunicación a votar por Juan Manuel Valdés, violando su compromiso de imparcialidad e independencia frente a los candidatos. Su palabra era la única garantía que teníamos como candidatos, y faltó a ella sin ninguna explicación.
Hubo denuncias por parte de candidatos de otros partidos en cuanto a una presunta participación en política de la Alcaldía de Medellín, donde se invitó a unos cinco mil funcionarios a que votaran por quien saliera ganador a la postre. Hubo reuniones del hoy electo Representante con candidatos de otros partidos, sin que mediara justificación para ello y los sectores más radicales del Polo Democrático fueron recibidos en Compromiso Ciudadano, por medio de la candidata Teresa Muñoz, quien fuera gestora de la victoria de Gustavo Petro en la consulta interna de ese partido de izquierda. Mientras ella llegaba seguían pregonando que no eran antiuribistas y, sin embargo, este defensor del uribismo nunca estuvo tan sólo en ningún escenario.
Además, se nos acusó de toda clase de infamias en Compromiso Ciudadano. Cuando encontraron que nos dedicamos a recorrer las regiones de Antioquia y a cerrar la ventaja burocrática del candidato oficial, empezaron a circular rumores de supuesta compra de votos y repartición de electrodomésticos, sin que nunca me dejaran enfrentar a los denunciantes de confianza. Hoy sigo sin ninguna explicación al respecto.
Hace pocos días el señor Juan David Valderrama, familiar de Sergio Fajardo, beneficiario de la burocracia y hoy convencido "verde", me acusó de ser un mal perdedor, de ser un ignorante, y rebajó mi condición de abanderado de la región del Bajo Cauca (que ganamos a cualquiera otro candidato al Senado o Cámara). No sólo aquello, pero también supo acusarme de amenazar personas y de ser corrupto. No he sido notificado por la Fiscalía sobre ninguna denuncia, y estoy más que dispuesto a representarme personalmente frente a tan mediano querellante.
Así son los dueños de la moral. Saben de todo menos de coherencia. Carecen de un absoluto sentido de autocrítica y nunca han corregido una posición errada en su vida.
Por mi parte ya supe hacerlo. No supe montarme en el falso tren de la victoria de los verdes. Estoy donde siempre debí estar, en el Partido Conservador, y no gozo de ninguna dádiva clientelista. Tengo dudas sobre volver a participar como candidato en algún proceso, aunque con veintisiete años estuve a dos mil votos de ser congresista. A lo que nunca renunciaré es a la defensa de los principios del uribismo, que no hizo otra cosa que ponerle un nombre y un legado a lo que siempre admiré: la defensa de las libertades básicas de los individuos, la firmeza frente al terrorismo del que fui víctima y la confianza como premisa indispensable para el desarrollo nacional.
Ahora que todo se supo espero que "los verdes" sepan llevar su condición de opositores con dignidad y coherencia. Que sepan identificarse con el Polo Democrático como debiera ser y que aguanten el trecho largo que queda de un país profundamente uribista, porque es profundamente amante de la libertad.
Luis Felipe Viveros
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