Alejados de las tormentas académicas que aquejan lo que otrora fue el espacio exclusivo de la tranquilidad de cualquiera que quisiera un resquicio para el pensamiento jurídico, me dedico hoy lejos de mi recordada UPB a reflexionar sobre temas de política y derecho, que así, simple y sin creatividad, como buen abogado dirían algunos, he llamado mi blog: para qué complicar lo que se aviene cómo tal desde su propio bautizo.
Mis lectores me sabrán dispensar los espacios de comentarios personales, sean de la universidad, mi vida profesional o, incluso, mis espacios personales: que esos desatinos no los dejen perder la vista de lo que es fundamental, que no fuera otra cosa que pensar en clave jurídica y política, esto es, responsablemente, con la cabeza, sin pasiones descontroladas y huérfanas de razón alguna.
Descanso mi cuerpo a medio día, quitándoselo a mi mente, osea, veo noticias. Si las del “animalito de mar· o las del mismo dueño del más grande equipo de fútbol que dio la historia del amado deporte, nada importa, es más de lo mismo. Se toma la nota de la agencia de noticias y se empaqueta para un público que así quiere las cosas, sin complicaciones, sin el análisis.
Pero algunas cosas no escapan a la memoria: hoy captó mi atención la denegación de renuncia del juez de cargos de alias ·El Cebollero·, hombre bueno y, por lo que se ve, bastante sensato. Pero le ofrecieron todas las garantías. Que no se dijeran cuáles eran aquellas poco importó, las seguridades de las palabras eran más que suficientes. Y este reportaje tomó mi atención porque pocos días antes este amable señor se topó conmigo en el ascensor del edificio de mis padres, cordial y bien puesto me saludó sin delatar su inmensa preocupación. Yo, la verdad, creía que en ese momento se trataba de un asesor de un candidato político que también comparte propiedad horizontal con mis progenitores.
Pues que no era así: se trata de un juez penal, de los mismos que enfrentan y, muchas veces, encierran conocidos delincuentes, como “El Cebollero” y otros tantos, que están dispuestos a hacer lo que sea para conservar su libertad. Algunos de los lectores, ya aburridos con esta parte de la historia se preguntarán si no habrán leído ya demasiado, depronto si, pero esperemos que ya viene la paradoja: en abril del año 2010 el Juez Diego Fernando Escobar Gil, de la rama penal y que actuaba en el nivel del circuito perdió anunciadamente su vida por cumplir con su deber doblemente: aplicar la ley (en la sala de audiencia) y respetarla (en el día sin carro salió en transporte público y ello fue propisorio para su homicidio).
Será que el circulo de incoherencias mediatístas pudiera tener fin cercano. Lo que está en juego es demasiado.
Luis Felipe Viveros Montoya
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